Mi templo.

Hoy hablaré de otro vicio, más que un vicio es lo más cercano a una religión para mi y como no, si para disfrutar de la misa, tengo que pagar mi diezmo a los acolitos de la taquilla y hacer fila para la ofrenda de maiz y refresco con la que voy a comulgar durante la película.

Ir al cine; esto es para mi de las cosas más relajantes que puedo hacer, no importa el género de la película, entrar a ver cualquier cinta y disfrutarla desde el principio, es de los gustos más sublimes que puedo disfrutar.

El gusto por el cine me lo inculco mi madre, ir a ver una película era todo un rito, empezando con la compra del boleto, después pasar a la confitería del cine donde mi madre nos compraba unas palomitas y una copa Holanda de helado napolitano para cada quien, después caminar por las escaleras que siempre estaban pegajosas y buscar el mejor lugar que uno pudiera encontrar.

Con los años ha ido cambiando, ya no encuentras copas Holanda, tampoco las escaleras son pegajosas y te establecen el lugar desde la taquilla, pero tdoavía siento la expectativa que sentía de niño, cuando bajan las luces del cine y se prende la pantalla.

Si imaginar cosas incentivó mi gusto por leer, la fantasía y los efectos especiales, me volvieron adicto a los mundos que te regala el cine. La película que más recuerdo de esa época es la de los Locos Addams, ¡Hilarante! Realmente no hay manera de describir esta película Raul Julia es Homero, Crhistina Ricci se volvió mi primer crush y Lucas Addams la personificación de lo todo lo genial en este mundo. Recuerdo que  la vimos en el Cine Hipodromo y que nos dieron unas lamparas con forma de los personajes de la película.

 

Cuando nos fuimos al pueblo donde crecí, el cine se volvió una esperanza de algo por llegar, las películas tardaban dos o tres meses en llegar después de su estreno oficial, así que había que hacer gala de paciencia y esperar a que el título de la película fuera puesto en la marquesina; vi Titanic sabiendo que DiCaprio no gano como mejor actor, “El regalo prometido” en abril (siendo una película navideña) y muchísimas más fuera de tiempo; pero la espera siempre valió la pena, ya que la opción era ver la película grabada en el mismo cine, con un pésimo audio, con personas hablando y demás fallas que tienen este tipo de películas, y siguiendo la analogía religiosa, esto es uno de los pecados más grandes que un cinéfilo puede cometer.

Hoy mi templo se ha vuelto portatil y puedo ver las películas desde mi computadora, no me quejo, pero la sala de mi casa, aunque es cómoda y no tengo que pasar por lo que mencione al principio, hace que también se pierda parte de esa magia que como cuando ya no encontré copas Holanda en los cines.

¿El cine como local y centro de reunión, todavía tendrá espacio en este mundo donde todo esta empezando a virtualizarse?

 

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